Quizás a veces ni siquiera tenés tan claro qué querés.
Porque cuando durante mucho tiempo aprendiste a estar atenta a lo que necesitan, esperan o sienten los demás, puede volverse difícil distinguir qué viene de vos y qué viene de tu necesidad de adaptarte.
Y muchas veces el cuerpo registra algo antes de que podamos ponerlo en palabras.
Un nudo o una tensión que aparece siempre en determinado vínculo. Una sensación de rechazo o resentimiento hacia alguien sin entender porqué pero enseguida invalidás. Un alivio cuando un plan se cancela, pero dificultad para reconocer que en realidad no querías ir. Un “no quiero” que rápidamente transformás en “bueno, tampoco es para tanto”. Un miedo en el cuerpo cada vez que vas a expresarte o decir algo que pensas.
Pero en lugar de escuchar esas señales, muchas veces aprendemos a negociarlas.
Y entonces seguís…
Decís que sí cuando quizás querías decir que no. Explicás de más una decisión que no necesitaba explicación. Postergás algo que querés porque alguien podría molestarse. Contestás inmediatamente para no quedar mal. Suavizás tu opinión antes de decirla. Te cuesta tolerar que alguien esté decepcionado con vos. Te adaptás a lo que los demás necesitan y después no entendés por qué estás agotada.
A veces la complacencia no consiste solamente en hacer lo que los demás quieren.
También puede consistir en no darle suficiente autoridad a lo que vos sentís, necesitás o deseás.
Quizás confundís ser considerada con hacerte responsable de cómo se sienten los demás.
Y aunque esta estrategia alguna vez te haya ayudado a sentirte segura, pertenecer o evitar conflictos, puede terminar costándote demasiado: